domingo, 29 de abril de 2012

Quiéreme .....


Quiéreme, aunque sea de verdad,
quiéreme, y permíteme el exceso,
quiéreme, si es posible, sin piedad,
quiéreme, antes del último beso.

Quiéreme, haz que se incinere el mar,
quiéreme, como el vendaval que pasa,
por el resto de una brasa
dentro de un glaciar.

Quiéreme, sin el mínimo pudor,
quiéreme, con la insidia de la fiera,
quiéreme, hasta el último temblor,
quiéreme, como quien ya nada espera.

Quiéreme, aunque no sepas fingir,
quiéreme, que de todas mis flaquezas
sacaré la fortaleza
para revivir.

Sabes bien
que jamás te lo he pedido
ni jamás te hice un reproche...
por lo que esta vez te pido,
ya que no es cosa de dos,
que tú seas quien me quiera
como nunca me has querido
esta noche del adiós...

Quiéreme, ahora que llegó el final,
quiéreme, sin mas puntos suspensivos,
quiéreme, aunque venga el bien del mal,
quiéreme, como si estuviera vivo.

Quiéreme, que no entiendo qué hago aquí,
quiéreme, si no quieres que esté muerto,
porque todo es un desierto
fuera de ti.

Quiéreme, que ya empieza a anochecer,
quiéreme, aunque sólo sea un instante,
quiéreme, y hazlo como otra mujer,
quiéreme, como si fuera otro amante.

Quiéreme, que mañana ya murió,
quiéreme, como si el mundo acabara,
como si nadie te amara
tanto como yo...

Luis Eduardo Aute

lunes, 2 de abril de 2012

ÁLAMOS DE PRIMAVERA

No me dejes morir dónde no debo
que no quiero dejar de ver el cielo,
este suave celeste que vigila
desde siempre mis más hermosos días.
No me dejes morir dónde no debo
que no quiero dejar de ver el cielo,
largas filas de álamos quisiera
restallando su verde en primavera.

De morir quiero amar antes contigo
aferrado a tus pechos como lunas
y al partir no recuerdo otro camino
más que el suave ondular de tu cintura.
Quiero amarte en el último minuto
desangrando mi amor sobre tu vientre
y descubrir otra vez cuanto del mundo
puedo hallar en tu voz y en tu frente.

Victor Heredia

sábado, 24 de marzo de 2012

Historia de una plaza y un pueblo

Un adoquín. Otro adoquín, y otro y otro y otro….
Una calle, una plaza, historia de una plaza y un pueblo.
Camino por Defensa y empiezo a escuchar voces, dicen que quieren saber de que se trata. Oigo a los que colmaron tantas veces la plaza aclamando a su líder, al que vino a decirles que tenían derechos. Me estremecen los llantos de miles y miles por la muerte de su jefa espiritual.
Un adoquín. Otro adoquín, y otro y otro y otro….
Una calle, una plaza, historia de una plaza y un pueblo.
Me indigno con los estallidos de las bombas del ’55, cuantos murieron por causa del odio.
Otra vez escucho la voz de él, de vuelta con su gente.
Ahora no escucho casi nada, apenas pasos de mujeres dando vuelta a la plaza una y otra vez. El silencio es cortado por una estruendosa multitud que grita enardecida "vamos ganando!", mientras en realidad mueren cientos de sus hijos en el frío y lejano sur.
Un adoquín. Otro adoquín, y otro y otro y otro….
Una calle, una plaza, historia de una plaza y un pueblo.
La plaza se viste de fiesta, un hombre les devuelve la esperanza, los sueños, pero no a los padres, hijos, amigos. La sombra del pasado parece cubrir estos tiempos.
No entiendo bien lo que escucho a continuación, parecen tiempos apáticos en los que no está claro hacia dónde va la gente, parecen haber perdido el rumbo. Lo único que nunca dejo de escuchar son los pasos de de esas mujeres, de pañuelo blanco en sus cabezas blancas por el paso del tiempo.
Cuando ya mi iba, otra vez una multitud llenó la plaza y me quedé para escucharlos. Parece que recuperaron algo que habían perdido o que simplemente les quitaron. Siento que los que no están presentes están en sus memorias y que los asesinos están tras las rejas.
Ya no se escuchan los pasos de las mujeres, solo se escuchan sus voces.
Mariano Suárez Vidal

sábado, 25 de febrero de 2012

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

de Julio Cortazar ( "Final del juego", 1956).

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Exílio

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

Alejandra Pizarnik

sábado, 17 de diciembre de 2011

Celebración de la fantasía

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo

-Y anda bien -le pregunté

-Atrasa un poco -reconoció.

Eduardo Galeano

jueves, 10 de noviembre de 2011

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Alejandra Pizarnik